Las
trampas de la aparición
Información y conflicto en Colombia[1]
Por: Ma. Eugenia García Raya
Edward Romero Rodríguez
Introducción
El proceso de paz que se vive en Colombia entre el gobierno
y la guerrilla de las FARC ha hecho visible el papel que los medios
de comunicación pueden tener en medio de los conflictos armados
internos, que por su propia naturaleza suponen un juego de interrelaciones
cercanas y complejas entre medios y actores de ese conflicto. Un
juego que nos muestra cómo la visión de los medios de comunicación
como únicos espacios de construcción de opinión pública no se ajusta
a la realidad.
Y son esas interrelaciones las que queremos
estudiar en esta reflexión alrededor de cómo los diferentes actores
(armados y no armados) construyen nuevas presencias en los medios
y qué debates surgen de ello. Cómo las estrategias de guerra se
entremezclan con las estrategias comunicativas gracias a viejos
modos de presión y a las nuevas tecnologías, planteándole a los
medios nuevos retos para la interpretación independiente de los
conflictos. Cómo se construyen vocerías y víctimas legítimas por
parte de organizaciones civiles mientras otras se agotan en el instante
del dolor, o cómo se podría relatar el dolor de la guerra en nuestro
país mediante narrativas periodísticas que vayan más allá del dolor
individual y enlacen cuatro elementos fundamentales: el dolor, la
memoria, la verdad y la justicia, siguiendo modelos usados en otros
países de América Latina.
Este documento es fruto de la investigación titulada
“Medios de comunicación y conversaciones de paz en Colombia”, adscrita
al Departamento de comunicación de la facultad de Comunicación y
Lenguaje de la Universidad Javeriana de Bogotá, y que pretende constituir
un espacio sistemático e independiente de investigación y discusión
sobre la manera en que los espacios informativos están dando cuenta
de los procesos de conversaciones para resolver políticamente el
conflicto armado que vive Colombia.
San Vicente
del Caguán, nuevo espacio público
Con el comienzo del proceso de paz entre
el gobierno colombiano y las FARC, los medios de comunicación han
hecho visible para todo el país, sobre todo para el país urbano,
a un actor cuyo acceso al espacio público mediático era prácticamente
nulo desde 1990[2],
especialmente en televisión. Desde noviembre de 1998, primeros días
de la puesta en marcha de una zona de distensión como escenario
de las conversaciones, los espacios informativos decidieron de manera
generalizada convertir en imágenes a las guerrillas de las Farc,
el Eln y el Epl. Sin embargo, ya antes se había iniciado un cambio
en la aparición mediática de la guerrilla, con la transmisión televisiva
de la liberación de los militares retenidos tras la toma de la base
de Las Delicias[3],
al sur del país, que había estado precedida de una entrevista al
comandante guerrillero responsable de la retención, publicada primero
en un diario regional y más tarde en el noticiero de televisión
AM-PM.
Pero es la zona de distensión la que permite una nueva
representación de la guerrilla en los medios de comunicación, especialmente
en la televisión. Se ha podido ver a los guerrilleros patrullando
o limpiando las calles, a sus comandantes dando declaraciones a
los medios o reunidos con el presidente de la bolsa de Nueva York,
los empresarios o los congresistas. Algo ha cambiado en la percepción
de unos actores que ahora se vuelven concretos, con imagen y discurso,
como pudo verse durante las transmisiones en directo de la instalación
de la mesa de conversaciones el 7 de enero de 1999, en las caricaturas
políticas de los últimos meses en las que Pastrana y Marulanda caminan
juntos o en la lectura ante cámaras, por parte del comandante guerrillero
Raúl Reyes, de los comunicados de la mesa de conversaciones. Esta
visibilidad de las FARC ha hecho que, por ejemplo, esta agrupación
deje de ser un todo homogéneo. Hace cuatro años era difícil que
un habitante de las ciudades diferenciara bien a Alfonso Cano de
Raúl Reyes. Hoy, los miembros principales del Secretariado de las
Farc son visibles y diferenciables entre sí, e incluso algunos comandantes
de bloque, como Jairo o Grannobles. Igualmente, aparecen nuevos
elementos informativos con respecto a estos actores, como la fascinación
de las cámaras durante la instalación de la mesa de conversaciones
en enero de 1999 por las mujeres guerrilleras: las uñas pintadas
que cargan el fusil, o la mujer guerrillera que mira su rostro en
un espejo portátil.
Esto sin duda responde al hecho de que
existe un territorio en el que este actor armado no está realizando
acciones militares, lo que permite un acercamiento más tranquilo,
y que es a la vez un territorio que simbólicamente implica un lugar
de conversaciones y de visibilidad pública.
En este sentido, la zona de distensión, más allá de
sus implicaciones políticas, ha tenido un resultado que quizá los
negociadores vislumbraron: el de constituir un espacio público que
nos ha acercado a los actores del conflicto armado. Que ha cotidianizado
un proceso hasta entonces lleno de palabras sin rostros, y se ha
constituido en escenario nuevo de discusión en el país, así haya
sido, como se verá más adelante, desaprovechado y a veces bombardeado
por los medios de comunicación.
Un debate
complejo: ¿quién tiene derecho a la visibilidad?
Luego una primera consecuencia del proceso de paz, desde
el punto de vista de la comunicación y su sentido político, es que
ha permitido de alguna manera que se cumpla una de las premisas
del debate público: la convergencia en el espacio mediático de actores
con posturas divergentes. Pero habría que plantear aquí dos reflexiones:
una primera que tiene que ver con el derecho, más allá de la visibilidad,
a la interlocución social, y con la complejidad de la naturaleza
de los sujetos de ese derecho. Y una segunda, sobre las implicaciones
en el conflicto armado de una cada vez más cercana y compleja relación
entre los actores de la guerra y los medios de comunicación.
No
todos los actores al margen de la ley son iguales:
Habría que preguntarse,
en primer lugar, por el significado de la visibilidad de la guerrilla
en los medios masivos de comunicación, que ha supuesto la inclusión
de estos actores en los imaginarios cotidianos de las grandes ciudades
hasta ahora más ajenas a la guerra (el Mono Jojoy ha pasado a ser
un personaje citado en los chistes y conversaciones informales),
y una mayor dificultad en la búsqueda de consenso por parte de los
sectores contrarios a la negociación. Es una visibilidad que ha
generado también inquietud en ciertos sectores asociados a los medios
de comunicación, desde posiciones que a veces parecieran querer
negar la posibilidad de un debate público en el que todas las posiciones
implicadas en el conflicto armado sean sometidas al escrutinio social.
Así, en un comunicado de la Asociación Nacional de
Anunciantes (Anda), se critica la visibilidad en los espacios informativos
de actores al margen de la ley: “es repugnante ver cómo se presenta
a los guerrilleros, terroristas, narcotraficantes, delincuentes
y desvergonzados de todos los tipos. Hemos llegado al punto en que
se ofrecen los micrófonos a los criminales recluidos en las cárceles,
se va y se les busca con las cámaras y se les brinda el despliegue
escrito, radial y televisivo que nunca antes habían tenido. Se les
invita a participar en foro cerrado a lo que (sic) muchos ciudadanos
de bien no tienen acceso porque son discriminados”[4]. Y tiene razón la Anda en que nunca como ahora los
medios de comunicación han hecho visibles a los diferentes actores
del conflicto armado, sin duda por una apertura informativa que
antes no era asumida y que ahora ha permitido conocer extensas entrevistas
con Manuel Marulanda, el Mono Jojoy, Carlos Castaño o Gabino, pero
también por la legitimidad que el propio gobierno ha reconocido
tanto a las FARC como al Eln como interlocutores de posibles procesos
de paz. En este debate, la declaración de la Anda era respondida
por un editorial del diario El Espectador que afirma que “el sentido
de la Anda parece reflejar la idea de que los medios de comunicación
deberían entender su papel como un aporte para ganar la guerra en
lugar de un apoyo para lograr la paz. De allí la insólita crítica
a que se entreviste a los actores del conflicto que necesitan mecanismos
para fijar su posición pública sobre los esfuerzos de reconciliación
que lidera el Gobierno. Que los líderes de la guerrilla aparezcan
en los periódicos y noticieros de un país donde el propio presidente
de la República se reúne con ellos es apenas lógico. ¿O no tienen
acaso derecho los colombianos a conocer con quién se va a negociar
todo un rediseño del Estado?”[5].
En definitiva, lo que los medios de comunicación están
mostrando es que las FARC, más allá de sus acciones militares, existen
como un actor de conflicto con el que se habla y que adquiere un
estatus de actor político (aunque ese estatus, paradójicamente,
se le niegue en los contenidos de las informaciones). Se rompen
las fronteras entre lo lícito y lo ilícito en los medios, para responder
más a una realidad conflictiva, en un proceso en el que sin duda
el tratamiento informativo al llamado proceso 8000 tiene algo que
ver, y que se ha visto plasmado en los últimos tiempos en el cuestionamiento
de los medios al papel de determinados oficiales del ejército en
la masacre de La Gabarra. Como nos decía un editor judicial de un
importante diario que cubrió hace catorce años la toma del Palacio
de Justicia, lo que los medios de comunicación dicen ahora no lo
decían en aquella época.
Esta visibilidad de las Farc se ha acompañado, en los
últimos meses, de la creciente aparición de los grupos paramilitares
de extrema derecha en los medios, aparición que ha tenido su momento
más llamativo con una entrevista exclusiva al máximo dirigente de
estos grupos, Carlos Castaño, durante una hora y cuarenta minutos.
Por tanto, cada vez más todos los actores del conflicto
colombiano hacen su aparición en los espacios informativos mediáticos.
Ahora bien, el de la visibilidad
de los actores al margen de la ley es un tema mucho más complejo
cuando uno de estos actores no está involucrado en ningún proceso
de conversaciones y empieza a hacerse visible en los medios de comunicación,
como es el caso de los paramilitares o Autodefensas. Aquí se plantea
una paradoja: hasta ahora era un actor oculto, sin rostro, que se
ocultaba tras una pañoleta o una capucha y que aparecía de espaldas.
De su máximo líder, Carlos Castaño, solo se conocían un par de fotos
tomadas en esa posición, únicas imágenes publicadas por los medios.
Parece que la ‘clandestinidad’ de imágenes de este actor armado
encaja con las dudas sobre su verdadera naturaleza, sobre el número
de combatientes que lo conforman, los individuos y organizaciones
que lo financian, sus posibles nexos con algunos miembros de las
fuerzas armadas y funcionarios del Estado y las denuncias en torno
a la crueldad ilimitada de alguna de sus prácticas. Ahora bien.
Si se tiene en cuenta que los paramilitares no son considerados
como actores políticos por ninguno de sus interlocutores, sino más
bien grupos de acción armada, su aparición se vuelve objeto de
debate. Por un lado, puede parecer normal no darles espacio, como
grupo de delincuencia organizada. Sin embargo, también podrían ser
mirados como unos actores no sólo involucrados en el conflicto armado
de forma cada vez más importante, sino como responsables de las
masacres que de manera masiva se sufren en diferentes partes del
país, y que por tanto deben ser sometidos al escrutinio público
y al análisis de los medios. Ahí está la paradoja: si bien su invisibilidad
responde a su propia naturaleza, su falta de referencia y análisis
en los medios de comunicación les salva de ser representados como
uno de los principales responsables del conflicto armado y culpables
de muchos graves delitos contra la vida.
¿Cuál debe ser en este caso el papel
de los medios? Se podría pensar en unas informaciones en las que
no sean ellos los productores del discurso sino los actores cuya
naturaleza hay que entender. Se trataría de responder a una pregunta
que es anterior a la de su posible reconocimiento político y que
en el caso de las FARC y el Eln sí se ha dado en el espacio mediático
cuando se debate sobre si estas organizaciones siguen teniendo finalidades
políticas, y cuál es su papel en el narcotráfico: quiénes son los
paramilitares, si tienen un proyecto nacional o responden únicamente
a intereses locales, si tienen una estructura y unidad de mando,
de dónde viene su financiación. Porque sólo entendiendo a sus diferentes
actores e intereses, se puede entender la complejidad del conflicto.
Las
paradojas de la cercanía:
En segundo lugar, estas visibilidades
implican que las estrategias comunicativas de los actores involucrados
en el conflicto armado, muchas de ellas hijas de las nuevas tecnologías,
están determinando en algunos casos estrategias militares y convirtiéndose
en una nueva forma de guerra. Así, en los últimos meses hemos visto
cómo la guerrilla preparaba acciones militares en las que esperaba
contar con la presencia de las cámaras, como en el caso de la toma,
por parte de las FARC, del municipio de Ataco en el Tolima. Allí
fueron citados los periodistas para que cubrieran en directo la
acción de guerra. Pero también hemos asistido a la exageración de
los medios de comunicación que anunciaron la toma de Bogotá por
parte de un frente guerrillero que al parecer, y según sus mandos,
sólo pretendían atacar a un destacamento militar situado a 50 kilómetros
de la capital del país, exageración que, según los indicios, vino
del ejército como una contraofensiva en la generación de opinión
pública, para engrandecer su triunfo militar cumpliendo con el deber
de proteger a la capital del país. Hablamos de los combates en
Gutiérrez (Cundinamarca), que fueron representados en la prensa
internacional como una toma de un barrio marginal de la capital
del país cuando esa población está a cinco horas de Bogotá[6].
Por otro lado, también en los últimos meses se permitía
a los medios de comunicación tomar imágenes de una incursión paramilitar
en el Valle del Cauca, que incluía entrevistas con sus responsables
mientras detrás del entrevistado se podía ver cómo los miembros
de las Autodefensas Unidas de Colombia patrullaban por la población.
Por tanto, las fronteras entre la realidad del conflicto
y la realidad que se construye para los medios se desdibujan cada
vez más, aumentando la complejidad de una guerra en la que por otro
lado, y a diferencia de la mayoría de conflictos internacionales
actuales, no existe control de la información por parte de un único
actor, normalmente una “nación élite” (caso de la invasión a Panamá
o la guerra del Golfo), lo que sin duda permite una visión más completa
y plural del conflicto y a la vez unas relaciones más complejas
y conflictivas entre los medios de comunicación y los actores de
la guerra.
En este sentido, nos gustaría profundizar
en las maneras en que los actores de la guerra construyen los escenarios
del terror con fines simbólicos y teniendo como escenarios privilegiados
a los medios de comunicación. El historiador colombiano Gonzalo
Sánchez, haciendo referencia a la violencia partidista de mitad
de siglo (1945-65), habla de la violencia como “terror concentrado”,
al indicar que el ejercicio del terror tiene una serie de componentes[7]:
hay una programación del terror; unos agentes del terror;
unos rituales y unos escenarios del terror. Este
último componente es el que nos interesa porque da cuenta -dice
Gonzalo Sánchez- del modo como “se disponen los elementos del mensaje(...)si
los muertos se dejan amontonados o esparcidos en toda una vereda,
por ejemplo. A veces el mensaje es eficaz porque choca a primera
vista; otras logra su eficacia precisamente en la medida en que
resulte indescifrable. El escenario del terror debe ser, por otra
parte, visible. Por eso hay ciertas preferencias espaciales: el
cruce de caminos, el paso de los ríos, los montículos reconocidos
en la región o el vecindario. El dolor en estas circunstancias
no puede ser íntimo, tiene que ser aleccionador”[8].
Con base en lo anterior, podemos considerar dos ejemplos
a través de los cuales dos actores armados construyeron dos escenarios
de guerra distintos, con un mensaje dirigido a un público distinto
y donde los medios valoraron el hecho, también, de modo diferente.
En la masacre de La Gabarra, ocurrida
los días 21 y 22 de agosto de 1999, el periodista enviado a la zona
reconstruyó en el periódico El Tiempo[9]
las casi diez horas de acción armada de las Autodefensas Unidas
de Colombia (AUC) contra los campesinos habitantes de la población,
incursión que dejó un saldo de treinta y cinco personas muertas
y cinco heridas. El periodista hace una descripción y reconstrucción
cronológica del terror que empezó -según su relato- a las 8:45
de la noche del sábado y término a las cinco de la mañana del día
siguiente. El relato informativo nos muestra a unos “pueblerinos”
contra “hombres armados”; los primeros “salieron corriendo a buscar
refugio”, ante unos “extremistas” que “cobran las primeras víctimas”.
En contraposición, aparecen unos campesinos que departen en casas
y bares, frente a unos hombres armados que “tumbaron puertas de
billares y cantinas”. Luego salieron de La Gabarra continuando
su “recorrido de muerte” por las veredas que conducen a Tibú.
En resumen, aquí se construyó un eje
narrativo del tipo víctima (campesino) y victimario
(Autodefensa), en el que el periodista reconstruye el escenario
del terror de modo cronológico y caracterizado por los cuerpos
sin vida que son dejados frente a casas, billares, cantinas y a
la vera del camino que conduce a Tibú.
El otro ejemplo involucra a actores
armados distintos: ejército y guerrilleros de las FARC. Aquí se
narra, en el mismo diario[10], la muerte de cincuenta
guerrilleros en Hato Corozal (Casanare) a manos del Ejército colombiano.
En este caso, los cuerpos no están esparcidos por el casco urbano
de Hato Corozal, sino que son sacados del escenario de guerra y
cuidadosamente dispuestos en fila india, rodeados por soldados y
fotografiados por periodistas. Aquí el eje narrativo del reportero
es del tipo victoria (Ejército) y derrota (Farc) con
frases como “parte de victoria” de los generales al mando de la
operación y “zona de derrota para los frentes de las Farc”.
Lo que cabe resaltar con apenas estos
dos ejemplos es que los actores armados involucrados son distintos,
las circunstancias cambian, el espacio geográfico también; el mensaje
está dirigido a un público distinto (el de las Autodefensas, al
poblador de La Gabarra, presunto colaborador de la guerrilla; y
el del ejército colombiano, a la opinión pública en general) pero
el elemento central que vehicula el mensaje es el mismo: la disposición
del cuerpo sin vida del otro. Con una diferencia: en el primer
caso, esos cuerpos están en el escenario de la guerra, contextualizados,
vistos como consecuencia de esa guerra. En el segundo caso, los
cuerpos son sacados del escenario bélico y dispuestos en un orden
determinado, no tienen contexto, son muertos fríos. Por tanto, se
convierten casi en trofeos, en el trofeo de la muerte y de la victoria
frente a la derrota del muerto. Y nos recuerda esto a cómo el cuerpo
era usado como un símbolo de la victoria ya en la época de La Violencia
de mitad de siglo, cuando el victorioso se hacía una foto con su
víctima muerta.
Hay que observar, entonces, cómo la
disposición del cuerpo de la víctima ya no solo responde a una estrategia
de guerra para intimidar al otro o dar partes de victoria sobre
el enemigo. Se han convertido en toda una estrategia comunicativa,
de la que se están sirviendo todos los actores armados y que los
medios están reproduciendo sin disponer de un espacio abierto para
la reflexión sobre su significado o sus implicaciones (como por
ejemplo mostrar el cuerpo como trofeo más que como trágica consecuencia
de una guerra). Quedan por responder preguntas acerca de la percepción
que tiene el ciudadano común sobre la descripción de estos escenarios
de guerra tan distintos.
En definitiva, el conflicto colombiano
nos muestra los dilemas a los que la información se enfrenta en
la actualidad en conflictos internos: unas partes que ponen en marcha
estrategias comunicativas que son hijas de la transmisión en directo
de las acciones bélicas y de las nuevas tecnologías (por ejemplo,
hoy los periodistas tienen acceso a las páginas web tanto de las
FARC como del Eln, mientras que hace unos años, como dice la periodista
Bibiana Mercado, “se necesitaban quince horas a caballo para lograr
la comunicación”). Unos periodistas que en sus rutinas están más
involucrados con los actores del conflicto y también más sometidos
a sus presiones, y nos referimos como actores de conflicto aquí
no sólo a los armados, y también unas audiencias que cada vez más
participan en el debate sobre el papel de los medios en medio de
las violencias, así estemos hablando todavía de sectores minoritarios,
como los que impulsaron el boicot a los informativos el pasado once
de agosto o los que se niegan a ser entrevistados cuando acaban
de ser liberados de un secuestro, o incluso de audiencias conservadoras
que por ejemplo llaman a un noticiero para protestar por una nota
que habla de la mujer en la guerrilla[11].
Descubriendo
al que siempre estuvo ahí
Pero, ¿cómo son representados los actores del conflicto
en los medios de comunicación, más allá de su visibilidad? Sin pretender
agotar en este primer informe una pregunta tan compleja, creemos
que es ahí donde los medios de comunicación colombianos apuestan
por darle legitimidad a unas visiones muy cercanas a sus culturas
profesionales y sus propias posiciones en la sociedad colombiana,
ignorando la complejidad y densidad cultural del conflicto y de
las iniciativas de paz de diversas organizaciones sociales.
En este sentido, el acercamiento de
los espacios informativos a las FARC ha supuesto más una aparición
que una interlocución, y ha puesto en evidencia una realidad del
conflicto armado: la oposición no sólo entre dos sectores del país,
sino entre dos mundos culturales. Para los medios de comunicación,
el grupo guerrillero es “la otra Colombia”, como se afirma en un
titular de la revista Cambio (“El presidente y Raúl Reyes, las dos
Colombias”[12]). Revisando las emisiones televisivas
y las informaciones de prensa sobre la instalación de la mesa de
conversaciones el 7 de enero de 1999, encontramos titulares como
“Cita entre la Colombia urbana y la Colombia campesina”[13]
o visiones de Manuel Marulanda como la persona que “conoce como
nadie las montañas, la selva, la espesa topografía del país”[14],
es decir, la Colombia aislada y no poblada, como ejemplos de un
discurso mediático que sugiere el descubrimiento de una parte del
país oculta para los receptores hasta ese momento, no porque no
exista sino porque no es representada en los espacios informativos,
ni antes de la apertura de conversaciones, ni después. Porque en
estos meses de proceso de paz en medio de la guerra, si ha habido
una oportunidad perdida para los medios es la de hacer visible esas
otras visiones que para algunos periodistas parecieran ser otros
países descubiertos en un minuto feliz.
Un descubrimiento que evidentemente
no es sólo de los medios de comunicación, sino de sectores que hasta
hace unos meses no habían sido “tocados” directamente por la guerra,
y que ejemplifica bien Antonio Caballero en una de sus columnas
de la revista Semana (“La guerra ya está aquí”) al comentar cómo
el político conservador Gómez Hurtado se negó a ir hace unos años
a Casa Verde, antiguo campamento central de la guerrilla de las
Farc, con el argumento de que él no viajaba a “esas lejanías”. El
problema, dice Caballero, es que si bien “en aquellos tiempos la
guerrilla todavía podía ser considerada como una manifestación del
folclor”, hoy pertenecen al ámbito de la política y “la guerra ya
no ocurre en las lejanías: está aquí”[15].
Son visiones que ponen sobre la mesa
el debate sobre Colombia como un país históricamente fragmentado
más que entre regiones, entre realidades sociales. La “Colombia
de los guerrilleros”, según se desprende de las mismas informaciones
presentadas por los medios, es, a grandes rasgos, rural, marginada,
anclada en el pasado y nueva para el habitante urbano de clase media.
La “Colombia del gobierno Pastrana” es urbana, moderna, mira hacia
el futuro. En este sentido, resulta muy interesante revisar las
interpretaciones y opiniones que el mismo siete de enero, día del
comienzo de las conversaciones, se encuentran en los medios de
comunicación con respecto a los discursos por un lado del presidente
del Estado, Andrés Pastrana, y por otro del comandante de las FARC
Manuel Marulanda. Mientras que el primero (con alusiones al científico
Manuel Elkin Patarroyo, al futbolista Carlos “El Pibe” Valderrama,
al grupo de pop Los Aterciopelados) fue calificado como un discurso
sin condiciones para la paz, abierto y de futuro, del segundo se
resaltaron los marranos y las vacas que el Estado expropió hace
unas décadas a los colonos de la región de Marquetalia, poniéndolos
como ejemplo de lo que para los medios fue un discurso anacrónico
por referirse al pasado y agresivo por los reclamos al gobierno
del país.
Se evidencia así un desprecio en los
medios, no ya por los actores de ese discurso, sino por unas realidades
y temporalidades muy diversas y en relación conflictiva, desde una
dicotomía centro-periferia, mucho más marcadamente en las informaciones
sobre las FARC o las autodefensas, que sobre el ELN. Por tanto,
es un reto para los medios colombianos, producidos y sustentados
por las clases medias urbanas, asumir, más allá de las noticias
sobre el campo por medio de cifras económicas o en el Día del Campesino,
el reconocimiento de las diversidades culturales que también explican
los conflictos que atraviesa Colombia.
Diversidades que tienen que ver no sólo con los escenarios
sociales del conflicto, sino también con los actores no armados.
Víctimas
que lloran, víctimas que actúan
Porque esa dicotomía entre mundos culturales,
que parece ser entre lo no legitimado y lo legítimo, aparece también
en la forma en que los medios de comunicación nombran a los colombianos,
generalmente desde dos formas de estar ante el conflicto: como
la sociedad civil víctima o como la sociedad civil que se moviliza
de manera oscilante y selectiva.
En este sentido, la sociedad civil víctima aparece en
los medios de comunicación en dos espacios geográficos distintos
que parecieran no entrecruzarse en los discursos mediáticos: los
pequeños pueblos y la ciudad.
En el primer espacio, el de las zonas
rurales de conflicto, aparece el colombiano que llora la masacre,
el colombiano que llora frente al ataúd de su hijo, de su padre,
de su hermano, o de su vecino o amigo. Aparece el grupo de colombianos
en éxodo, el colombiano en situación de desplazamiento, descalzo,
con humildes enseres al hombro y sus hijos a lomo de caballo. En
los medios extrañamos la presencia de la sociedad civil rural organizada;
la de las cooperativas, de las juntas de acción comunal, la de usuarios
campesinos o la de minorías étnicas que hacen resistencia civil
a los actores armados y que se organizan bajo el sugestivo y reconfortante
nombre de “Comunidades de paz”, como la de San Francisco de Asís
o la de San José de Apartadó, que han emergido en medio de la conflictiva
región del Urabá[16]. En resumen, sobre la sociedad
civil de los pequeños pueblos, la que no se conforma en las grandes
ciudades y a la que más toca el conflicto, se impone una doble
imagen (y estética): por un lado, la de una sociedad de víctimas,
de vencidos, nunca de organizaciones sociales en acción, que organizan
foros, que presentan proyectos de ley, que le dirigen sus demandas
a los poderes institucionales y también a los actores armados. Por
otro lado, cuando estas organizaciones sociales actúan muy visiblemente
con protestas en el espacio público, reciben un cubrimiento periodístico
de crónicas de sucesos, en las que se destacan las consecuencias
negativas para la población de dichas protestas.
Simultáneamente, los medios están dando
cuenta de “otra” sociedad civil. La sociedad civil urbana que se
organiza de un modo distinto: en las urbes se privilegia a otras
víctimas de la guerra, hay otros dolientes y se ponen en escena
otros mecanismos de expresión.
La sociedad civil urbana que aparece
en los espacios informativos -generalmente de clase media y alta-
no llora o se moviliza de manera particular por los campesinos masacrados
en los municipios ni tampoco por las familias que, a esta hora,
entran en situación de desplazamiento. Se movilizan, en cambio,
por el hombre público inmolado (llamémoslo aquí magnicidio) y por
los civiles, soldados y policías víctimas del secuestro. Si bien
son también dolientes, no son la sociedad del llanto, la cabeza
gacha y la parálisis frente al ataúd. Es la multitud que grita
en coro contra los violentos; la de pancartas visibles e interpeladoras;
la del lazo verde, la bandera blanca, el pañuelo al aire, las velas
y los pitos de los vehículos. Es la que se toma importantes avenidas
o se concentra en la plaza central de la ciudad. Todo ello, impulsado
por los espacios informativos.
Tomemos sólo dos ejemplos de una muy diferente representación
de las víctimas del conflicto: los secuestrados y los desplazados.
Los
secuestrados: las víctimas legítimas
A raíz del aumento de los secuestros
masivos en los últimos tiempos, se han movilizado para pedir su
fin reconocidos funcionarios públicos[17], líderes de partidos y movimientos
políticos[18], altos representantes
de la iglesia[19] y hasta la reconocida
Nobel de paz, Rigoberta Menchú[20].
La movilización urbana contra el secuestro se debe,
sin duda alguna, a los lazos familiares directos que existe entre
los retenidos y la mayoría de los dolientes; ya que la mayoría de
los secuestrados son personas de clase media y alta, habitantes
de las urbes, que se desplazan por placer o por su actividad laboral
de una ciudad a otra y han sido presas de las llamadas ‘pescas milagrosas’
en plena carretera y otras prácticas más osadas o espectaculares,
todas ellas con fines económicos.
Aunque la movilización de personalidades
frente a estos hechos masivos no fue organizada por los medios de
comunicación, hay que decir que debido al carácter extraordinario
de estas acciones bélicas, los medios (tal vez sin un deseo explícito
de ‘escalafonamiento de víctimas’) han volcado su atención y un
permanente seguimiento a estos dos grupos de secuestrados y a los
acontecimientos de liberación gradual de las víctimas. Esta conjunción
de personalidades nacionales y extranjeras junto a unos medios en
seguimiento diario del hecho ha generado una especie de jerarquización
de las víctimas del secuestro. Esta jerarquización ‘mediática’
(impulsada por el interés de los medios) y social (impulsada por
personajes públicos) no es solo motivo de análisis de la academia.
Es también motivo de pregunta e indignación por parte de los mismos
ciudadanos. En una carta recientemente enviada a un importante
diario nacional, una ciudadana pregunta:
(...)Señor Director: ¿por qué en
nuestra Colombia hay secuestrados de primera, segunda y tercera
categoría, si todos somos seres humanos?. Nuestros hijos, esposos
y padres para nosotros son de primera. ¿Por qué solo se media por
los del avión y por los de la iglesia? Los que no tenemos padrinos,
a quién pedimos que nos ayude y medie por ellos?[21].
El llamado contundente de esta mujer
está dirigido a la sociedad en general, pero también es un llamado
de atención a los medios en particular. Porque, si bien es evidente
que la atención mediática al secuestro responde al carácter masivo
e inédito de esta acción bélica, también parece cierto que se impone
como ‘valor noticia’ el reconocimiento político[22] , social[23] o económico de la víctima.
Y es que hay que decir que, frente al caso de
los secuestrados, asistimos en los últimos meses a un cambio paradójico,
en el que los medios de comunicación se han convertido en los más
claros impulsores de un movimiento generalizado de protesta contra
el secuestro por parte de guerrillas, autodefensas, paramilitares
y delincuentes comunes. Han impulsado campañas, publicado listas
de secuestrados, difundido mensajes radiales enviados por los familiares
del retenido; apoyado el movimiento en sus editoriales y convocado.
Incluso, han entrado a apoyar explícitamente posiciones como la
de no pagar un solo centavo a los actores armados que incurren en
secuestros extorsivos[24].
Lo paradójico es que este impulso se
da sólo con respecto a un delito evidentemente repudiable pero que
no es el más frecuente ni único que se deriva del conflicto armado[25], considerando las diarias y también
masivas masacres de campesinos, los permanentes desplazamientos
internos[26]
y las desapariciones de personas. Por otro lado, es también curioso
que para los medios de comunicación el autor de los secuestros es
siempre la guerrilla, a pesar de que está en aumento el secuestro
llevado a cabo por grupos delincuenciales.
Varios factores explicarían la enorme visibilidad e
impulso de las movilizaciones contra el secuestro. En primer lugar,
la capacidad de legitimación social, que en este caso se logra por
medio de una vocería que tiene una relación directa con los medios
de comunicación. En el caso de los civiles secuestrados, estos han
encontrado en reconocidos periodistas a ilustres voceros de la movilización
ciudadana contra el secuestro[27]. Vocería que empieza a
elevarse y a ser reconocida por otros medios masivos del país[28], lo que evidencia cómo, desde el punto de
vista del ejercicio del periodismo, la línea divisoria entre periodista
y activista político parece borrarse.
Y este factor de la vocería traza una
jerarquización con otro gran grupo de secuestrados, el de soldados
y policías en manos de la guerrilla (que superan hoy los 400), que
cuenta como voceras con un conjunto de mujeres que deambulan por
todo el país con las imágenes de sus hijos en pequeños carteles,
estampados en camisetas o que se reúnen en una iglesia para orar
por ellos. Nos referimos a las denominadas “Madres de los soldados
secuestrados”, expresión que ya hizo carrera en los medios para
dar cuenta de un grupo de madres que no son adineradas ni pertenecen
a estratos altos de la sociedad. Por el contrario, ellas han viajado
a la zona de distensión para reunirse con los líderes de las Farc
gastando sus ahorros, vendiendo algunas pertenencias o hipotecando
su casa. Este otro grupo de dolientes no han encontrado todavía
el ‘angel salvador’ que les de visibilidad más allá de las notas
puntuales cuando estas mujeres aparecen en determinados actos.
Su vocería, entonces, se acerca mucho a la del doliente cuasivencido,
sin recursos económicos y sin respaldo moral.
Así, desde la noción de vocería, visibilidad
y respaldo social a las víctimas de la violencia, se percibe
la dicotomía entre las víctimas desde las que se construye un discurso
simbólico contra la violencia y las víctimas no legitimadas simbólicamente.
Un ejemplo de las primeras es Jaime
Garzón, periodista y quizá el humorista más famoso del país, cuyo
trágico asesinato ha constituido unos lugares simbólicos de rechazo
a la guerra (el poste contra el que su carro se estrelló después
de los disparos, el muro frente a su vivienda), y una enorme reacción
en los medios de comunicación por sus vínculos con el círculo mediático,
que llevó a la cadena radial Radionet a reemplazar durante unos
días la programación noticiosa por música clásica, o al canal Caracol
Televisión a colocar una franja negra en la parte superior de la
pantalla en señal de luto. Y esto no es ni mucho menos una crítica
a esas prácticas que se constituyen en construcciones de identidades
colectivas a partir del dolor, sino una constatación de los factores
que hacen que unas víctimas adquieran una visibilidad que las hacen
permanecer en la memoria colectiva y en el discurso de los medios
de comunicación (el pasado 13 de septiembre el Canal Caracol recordó
a sus televidentes que un mes atrás Colombia recibía la noticia
de la muerte de Jaime Garzón), mientras que otras, como las víctimas
de las masacres diarias, nunca hayan generado esa reacción en los
medios ni ese recuerdo en aniversarios como el de, por ejemplo,
la terrible masacre de La Gabarra perpetrada por paramilitares en
la que murieron 35 campesinos.
Porque las otras víctimas de la guerra,
como los desplazados por violencia, no cuentan con vocerías legitimadas
ni personalizadas en personajes públicos, sino en organizaciones
a las que muchas veces se ha acusado de responder a los intereses
de la guerrilla por el tipo de demandas que formulan al Estado.
De esta manera, cuando los medios se acercan para dar cuenta de
la víctima denominada “desplazado”, sus relatos distan mucho del
impulso a iniciativas colectivas, como vemos a continuación.
Desplazados:
la historia del colombiano derrotado
Frente a una sociedad que lucha y enfrenta
su situación de víctima, como en el caso de los secuestros, los
desplazados son las víctimas pasivas en los medios. Sobre el desplazamiento,
los medios están construyendo un único relato, tanto en el caso
de los desplazamientos masivos como en los desplazamientos individuales.
En cuanto al desplazamiento masivo, los medios dan cuenta de él
sobre todo cuando se traduce en la ‘toma’ pacífica de la sede de
alguna entidad nacional u organización internacional ubicada en
las ciudades capitales[29]. Además, resaltan (gráfica y
textualmente) las acciones extremas que los desplazados ejecutan
contra su propia integridad física para llamar la atención del gobierno.
El 20 de agosto pasado, en la primera plana del diario El Tiempo,
apareció una foto titulada “El calvario de los desplazados” cuyo
pie de foto decía: “dos personas del grupo de desplazados decidieron
crucificarse para pedirle al gobierno que les solucione la crítica
situación en la que viven(...)otros 10 desplazados se cosieron la
boca”.
Del mismo modo se está informando sobre
el éxodo silencioso que comporta el desplazamiento individual.
El eje de la construcción narrativa es el mismo, no importa si es
un desplazado o si es un centenar: la imagen del campesino sin
recursos, sin empleo, sin vivienda, enfermo, y prácticamente sometido
por la adversidad del nuevo entorno socioeconómico en el que se
encuentra[30].
Según un reciente estudio del Ceper
y Finconpaz[31], los medios de comunicación otorgan
preferencia a una serie de características de los desplazados como
“angustia, desesperación, desconsuelo, decepción, rabia, inactividad,
temor (“...sin un peso, sin pertenencias, asustados...”). Definen
a los desplazados en negativo y –sin querer desconocer el drama
humano que llevan consigo- los atrapa en cierta forma en una faz
unívoca pesimista que puede motivar un distanciamiento social mayor
a sus problemas”.
Es un uso particular del llamado “lado humano” de la
guerra, que “refuerza una perspectiva asistencial del tema del desplazamiento”.
Según el autor del estudio, la preferencia por el “relato de base”
y las perspectivas asistencial y de orden público “dificultan en
gran medida la posibilidad de hallar las claves analíticas del desarrollo
estratégico militar de la confrontación, de los intereses económicos
subyacentes, de la historia y la cultura locales o regionales”.
Numerosos periodistas afirman, lo cual es innegable,
que es importante mostrar a los seres humanos víctimas de la guerra.
Y es cierto también que un número considerable de desplazados viven
hoy en un estado de pobreza absoluta, desarraigo y desprotección.
Pero al igual que en el caso del secuestro, los desplazados son,
además de víctimas, ciudadanos que actúan.
En este sentido, los medios masivos
tienen como reto el dar cuenta de los proyectos que algunas entidades
y varias ONG adelantan hoy para transformar a la persona víctima
del desplazamiento. Esos proyectos de generación de ingresos y
de organización comunitaria se constituyen en valiosos espacios
de representación e inserción en el tejido social para abandonar
el estereotipo del “desarraigado” y empezar a configurar la imagen
del nuevo ciudadano. Es pasar de la condición de “inválido
social” y darle paso a la del individuo productivo que tiene
creatividad, enorme capacidad de trabajo y dignidad. Este escenario
se ha perdido de vista en los relatos sobre personas desplazadas
por violencia que llegan a las grandes ciudades. La visibilidad
de ambos escenarios, el del desarraigo y sufrimiento y el de las
demandas a los actores del conflicto, pueden configurar narrativas
informativas menos asistencialistas y más constructoras de actores
participativos en la resolución pacífica de los conflictos en Colombia.
En definitiva, el espacio mediático
en este proceso de paz está mostrando, a través de sus informaciones
sobre las víctimas de la guerra, los dolientes y las movilizaciones
sociales, que la opinión pública, si es que ese término todavía
es aplicable, es una construcción de interrelaciones, hegemónicas
unas y minoritarias otras, entre los distintos actores sociales
que tienen algo que ver con el conflicto. Una construcción que pasa
por lugares sociales legítimos o no legitimados como representación
(la ciudad como ese lugar donde los hechos adquieren un matiz de
enormidad e inadmisibilidad), por la capacidad de los distintos
actores de penetrar en esos lugares legítimos (adonde no han podido
llegar las organizaciones sociales que históricamente han estado
apartadas de cualquier relación con los que construyen discurso)
y por las relaciones de los medios de comunicación con las distintas
acciones sociales. Y hay aquí un giro curioso: mientras que, según
diversos estudios han mostrado, los medios de comunicación suelen
asumir las movilizaciones sociales como problemas de orden público
no deseables (paros cívicos, marchas campesinas...)[32], impulsan unas
movilizaciones concretas como reflejo de una sociedad activa y que
no se deja derrotar.
Dolor,
memoria, verdad, justicia
Ahora bien. Con esto no se quiere decir
que la figura de la víctima no sea importante como representación
de la guerra. Lo es, y mucho, en términos de recuperación de la
memoria herida, de lo que Martín Barbero llama “des-hacer aquellas
cicatrices que tapan las heridas sin curarlas”[33],
de la memoria lacerante y conflictiva como ruptura de la memoria
de los vencedores.
Es aquí donde hay que explorar nuevas
narrativas informativas que conviertan el relato del sufrimiento
que en los medios de comunicación se queda en el caso particular,
en el relato que legitima y representa ya no el sufrimiento individual
sino un sufrimiento colectivo. Unas narrativas que permitan “la
salida de la interioridad (privado) hacia la exterioridad (público),
de un dolor individual hacia un dolor que pretende socializarse,
compartirse” y que “construyen una serie de exigencias morales entre
el público receptor, el texto y las víctimas”. Y éstas son citas
de un trabajo que indaga sobre las narrativas que en Argentina han
representado el dolor por los desaparecidos, y que muestra como
camino de construcción informativa la relación entre el dolor, la
memoria, la verdad y la justicia para, más allá de la condición
de víctima, representar a unos actores desde la dignidad y las demandas.
Se trata, según la autora del trabajo, de recrear “una comunidad
de sufrimiento a partir de un tipo de publicación que posibilite
la comprensión más general y la construcción de lazos sociales que
otorguen una identificación con la humanidad”, y como “un modo de
entender el horror propio a partir del de los ‘otros’”[34].
Son estrategias como las
publicaciones en el diario argentino Página 12, de forma gratuita
y todos los días, de los cuadros con fotos de desaparecidos y mensajes
de amigos o parientes como “Mario Herrera: nada nos hará calmar
el dolor, pero con justicia terminará nuestra bronca. Tu mujer y
tu hija”, “Martín Bercovich: pasaron 19 años y como siempre estás
presente entre nosotros que te queremos, admiramos y respetamos
tus ideales de justicia y solidaridad. No olvidamos, no perdonamos
y seguimos exigiendo juicio y castigo para los asesinos de miles
de jóvenes que lucharon por un país mejor. Tus padres, hermano,
Cecilia, Pablo, familiares y amigos”. O como las columnas de opinión
escritas por familiares de víctimas y que exponen modelos de análisis
sobre el sufrimiento y los medios para poder aliviar ese dolor (y
recordamos aquí las columnas de Alfredo Molano en El Espectador,
desde su exilio). Columnas que buscan la universalización del problema,
no hablando ya de “mi hijo”, “mi pariente”, sino de víctimas en
general. O como las entrevistas que invitan a entrar en el sufrimiento
a la vez que ligan al lector al texto y ambos al contexto social,
en un ritual de reconocimiento recíproco que para Norbert Lechner
es una fundamental dimensión de la política como construcción de
identidades colectivas.[35].
Y creemos que el asesinato del humorista
y periodista Jaime Garzón, muestra también un interesante ejemplo:
el de la transformación de la risa en símbolo del asesinato de una
alegría colectiva. Al respecto, el titular de la primera plana del
diario El Tiempo, al día siguiente del magnicidio, se preguntaba
en una lapidaria frase: “Mataron la risa. ¿Qué sigue?”. La enorme
movilización social que generó la muerte de Garzón tiene que ver,
sin duda alguna, con ese espacio de reconocimiento recíproco y de
identidad colectiva. El hecho que muchos ciudadanos hayan participado
de la marcha fúnebre disfrazados de ‘Heriberto de la Calle’ o ‘Jonh
Lenin’ tiene que ver con la construcción de una identidad colectiva
alrededor de algo. En este caso, alrededor de los personajes creados
por él para criticar la situación del país.
No sólo
símbolos: el valor de la presión
Por último, es necesario afirmar que ni la victimización
fragmentadora de la sociedad civil es sólo responsabilidad de los
medios de comunicación, ni la capacidad de construir nuevas narrativas
del sufrimiento debe ser sólo una realidad mediática. En este sentido,
las principales organizaciones que trabajan por la paz en Colombia
tienen como reto ir más allá de unos símbolos que se van quedando
vacíos de sentido (durante la última Semana Por la Paz han sido
muy pocas las banderas blancas y las velas) y de unas propuestas
abstractas y sin exigencias concretas, como es fácil y abstracto
basar el trabajo de una organización en la petición de que los actores
del conflicto se sienten a negociar sin plantear un discurso contundente
que contenga los puntos de vista y las demandas sociales concretas
sobre los puntos de discusión política.
En este sentido, son interesantes las
opiniones de Héctor Abad Faciolince, para quien “cuando quienes
dirigen ruegan, en vez de actuar, estamos en la hoya(sic)”. Según
Abad, a muchos de estos actos “les falta lo mismo que le falta a
la guerrilla, lo mismo que la falta al país: una dirección política,
y por dirección se entiende tanto un director como un camino. (...)Les
falta una guía ideológica, una presión que se pueda convertir en
opciones de voto, en fuertes corrientes de opinión con capacidad
de producir hechos políticos. De lo contrario no pasan de ser pequeños
carnavales, especie de teletones sin un fin definido, procesiones
y rogativas, plegarias plagadas de buenas intenciones que no van
a perforar los durísimos oídos sordos de los malos”[36].
Porque estas organizaciones, unas más que otras,
corren el riesgo, ya visto durante la citada Semana Por la Paz,
de ser más happenings simbólicos que escenarios para la interlocución
ciudadana al Estado y otros actores de la guerra. En este sentido,
la obsesión por el papel de los medios de comunicación hace parte
de unos procesos que no autoreconocen la constitución de identidades
colectivas en las prácticas cotidianas, en la multiplicidad de espacios
sociales y en la lentitud de los procesos culturales frente a la
rapidez de las tecnologías informativas.
Ideas
finales para el debate
Con el ánimo de proponer, a partir de
las anteriores reflexiones, una agenda para la discusión, resulta
pertinente preguntarse en primer lugar por la necesidad de un “equilibrio
de visibilidades”: un equilibrio entre los actores del conflicto
desde el debate político y sus propuestas discursivas, sin abandonar,
evidentemente, la imagen del actor armado desde sus acciones bélicas
y las consecuencias que éstas generan; es decir, una combinación
que no pierda de vista la propuesta político-discursiva, pero tampoco
que ignore las acciones coyunturales de tipo militar de unos y otros.
Es necesario –en medio de estas diversas
‘visibilidades’- potenciar la visibilidad desde el debate político,
evitar la clandestinidad y la no confrontación pública. Para eso,
los medios deben asumir riesgos, si tenemos en cuenta que las nuevas
visibilidades, más que a apuestas de los medios, han respondido
a que el propio proceso de paz, hoy, es más público. En este sentido,
el centro de la discusión no es si Carlos Castaño sigue apareciendo
de espaldas en los diarios y en la pantalla o si la guerrilla debe
aparecer o no. Lo más importante es que podamos seguir escuchando
o leyendo sus propuestas, proyectos, intereses, sus certezas y hasta
las incertidumbres que ronden a estos actores y sus organizaciones
en el presente, el inmediato futuro y en relación con el proceso
de paz que está en marcha. Es comprensible la clandestinidad física
por los avatares de la guerra. Pero sería lamentable la clandestinidad
política y la no confrontación de los discursos.
Frente a los relatos de las “dos Colombias”
y la dicotomía rural-urbano, quedan pendientes las construcciones
narrativas menos fragmentadoras y más articuladoras o, por lo menos,
más omnicomprensivas de nuestro presente social. Lo más probable
es que a partir de tales relatos articuladores no vamos a encontrar
una profusa lista de elementos de “identidad nacional” (que además
no sería deseable), pero sí nos permitirían reconocer, entender
–y no enjuiciar- la diversidad propia de una nación con dificultades
históricas en su proceso de consolidación.
También hay que superar la legitimación
de unas vocerías y expresiones frente a la victimización que se
hace de otras, porque unas y otras hacen parte del entramado social
y político y, en esa medida, tienen el derecho de expresar sus proyectos,
intereses y necesidades particulares.
Finalmente, con relación a la ausencia
de historia y la necesidad de espacios para la recuperación de la
memoria colectiva, si bien es importante recuperar los hitos de
violencia nacional (como el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, la
violencia partidista, la toma del Palacio de Justicia, la muerte
de Luis Carlos Galán, entre otros, amparándonos en la famosa máxima
que asume que quien no conoce la historia está condenado a repetirla),
resulta más pertinente y necesario rastrear los hitos de reconciliación
nacional y firma de acuerdos (como los alcanzados en años recientes
entre los gobiernos de Barco y Gaviria con las guerrillas del M-19,
el Quintín Lame o el EPL, entre otros). De ese modo, esos relatos
cumplirían una doble función: recuperar la historia de la reconciliación
– y no sólo la de las tragedias- y ofrecer elementos de comparación
con el proceso de paz actual.
Los puntos aquí analizados son, a nuestro parecer,
los retos que el periodismo colombiano tiene la posibilidad de asumir
y que pasan por la construcción de informaciones que articulen,
que relacionen las complejidades del proceso de paz en Colombia.
Esto tiene que ver con la capacidad comprensiva de dicho proceso
desde una mirada más cultural que judicial, y con unas narrativas
menos dependientes de la competencia y la publicidad y más experimentadoras
desde géneros más abarcadores que la simple nota descriptiva. En
este sentido, son necesarios muchos más espacios informativos, especialmente
en televisión, al margen de los noticieros, en los que ese periodismo
de tiempos largos tenga cabida. Por otro lado, se hace necesario
debatir la relación entre la publicidad y la información, teniendo
en cuenta que la segunda está consagrada en la Constitución política
como un derecho, y la relación que se establece ente los periodistas
que cubren el proceso y los directivos que toman decisiones en las
redacciones. Por último, es necesario seguir convirtiendo al periodismo
en asunto de debate por medio de una mayor interlocución entre periodistas,
receptores, espacios investigativos y actores sociales.
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